Reflexiones Jorge Bucay

domingo, 19 de octubre de 2008

Frases de Jorge Bucay

"El verdadero amor no es otra cosa que el deseo inevitable de ayudar al otro para que sea quien es".

"Porque nadie puede saber por ti. Nadie puede crecer por ti. Nadie puede buscar por ti. Nadie puede hacer por ti lo que tú mismo debes hacer. La existencia no admite representantes".

"La felicidad es la certeza de no sentirse perdido".

"No hay que morir por el otro, sino vivir para disfrutar juntos".

"El verdadero buscador crece y aprende, y descubre que siempre es el principal responsable de lo que sucede".

"Sólo si me siento valioso por ser como soy, puedo aceptarme, puedo ser auténtico, puedo ser verdadero".

"No somos responsables de las emociones, pero sí de lo que hacemos con las emociones".

"Hacer el amor implica una conexión con el amor que no se da todo el tiempo, ni siquiera entre dos personas que se aman".

"El amor es el regocijo por la sola existencia del otro".

viernes, 17 de octubre de 2008

Fragmento de "Camino del encuentro"

  • Es preciso tener fuerza para ser firme, pero es preciso tener coraje para ser gentil.
  • Es preciso tener fuerza para defenderse, pero es preciso tener coraje para bajar la guardia.
  • Es preciso tener fuerza para ganar una guerra, pero es preciso tener coraje para rendirse.
  • Es preciso tener fuerza para estar en lo cierto, pero es preciso coraje para tener duda.
  • Es preciso fuerza para mantenerse en forma, pero es preciso coraje para mantenerse en pie.
  • Es preciso tener fuerza para sentir el dolor de un amigo, pero es preciso coraje para sentir los propios dolores.
  • Es preciso tener fuerza para esconder los propios males, pero es preciso coraje para demostrarlos.
  • Es preciso tener fuerza para soportar el abuso, pero es preciso coraje para hacerlo parar.
  • Es preciso tener fuerza para quedarse solo, pero es preciso tener coraje para pedir apoyo.
  • Es preciso tener fuerza para amar, pero es preciso tener coraje para ser amado.
  • Es preciso tener fuerza para sobrevivir, pero es preciso coraje para vivir.

Jorge Bucay

¿De qué no hablo cuando hablo de amor?

No hablo de estar enamorado cuando hablo de amor, no hablo de sexo cuando hablo de amor, no hablo de emociones ni de placeres reservados para exquisitos... hablo de una emoción capaz de ser vivida por cualquiera, de sentimientos simples y verdaderos, de vivencias transcendentes pero no sobrehumanas, hablo del amor tan solo como querer mucho a alguien.
Pero qué estamos diciendo cuando decimos "Te quiero..."
Yo creo que decimos Me importa tu bienestar. Nada más ni nada menos. Cuando quiero a alguien me doy cuenta de la importancia que tiene para mi lo que hace, lo que le gusta y lo que le duele...
Te quiero significa pues... me importa de vos y te amo significa me importa muchísimo. Y tanto me importa que, cuando te amo, a veces priorizo tu bienestar por encima de otras cosas que también son importantes para mi.
Esta definición conducirá a la plena conciencia de dos hechos: no es verdad que te quieran mucho aquellos a quienes no les importa demasiado tu vida y no es verdad que no te quieran los que viven pendientes de lo que te pasa.
Repito: si de verdad me querés: "Te importa de mi !!"
Jorge Bucay

¿Qué hacer frente al abandono?

Pelear la vida. A regañadientes, a las malas, con las uñas, como quieras, pero no hay otra opción. Puedes sentarte a llorar tu mala suerte, a lamentarte de la “injusta” soledad, a sentir lástima por tu aporreado yo y autocompadecerte. O por el contrario, puedes levantar cabeza y aplicar una dosis de racionalidad a tu desajustado corazón.
Si te dejó, si se fue como un soplo, si no le importaste, si te hizo a un lado con tanta facilidad, si no valoró lo que le diste, si apenas le dolió tu dolor, si decidió estar sin tu presencia, ¿no será, y lo digo solo como hipótesis, que no te merece? Y si te dejó porque ya no te ama, porque se le agotaron los besos, y hasta la más simple de las caricias se le convirtió en tortura, ¿no será, y lo digo solo como hipótesis, que ya no te ama? ¿Y no será, que si fue cruel o se le terminó el amor, ya no tiene sentido insistir en resolver lo que ya está resuelto? ¿No será que hay que quemar las naves, cerrar el capítulo y dirigir la atención a otra parte? No se trata de no sufrir, sino de darle al sufrimiento un giro y elaborar el duelo (resignarse a la pérdida). No preocuparse por lo que podría haber sido y no fue, sino por que es. Lo curioso del despecho es que los que han sido abandonados, casi siempre terminan por autocastigarse: “Si la persona que amo no me quiere, no merezco el amor” o “Si la persona que dice quererme me deja, definitivamente no soy querible”. La consecuencia de esta manera de pensar es nefasta. El comportamiento se acopla a la distorsión y el sujeto intenta confirmar, mediante distintas sanciones, que no merece el amor. Veamos cuatro formas típicas de autocastigarse que utilizan los “abandonados”:
a. Estancamiento motivacional: “No merezco ser feliz, entonces elimino de mi vida todo lo que me produzca placer” (autocastigo motivacional)
b. Aislamiento afectivo: “No merezco a nadie que me quiera. Cuánto más me guste alguien, más lo alejo de mi lado” (autocastigo afectivo)
c. Reincidencia afectiva negativa: Buscar nuevas compañías similares a la persona que nos hizo o todavía nos hace sufrir (profecía autocastigante).
d. Promiscuidad autocastigadora: Entregarse al mejor postor, “prostituirse” socialmente o dejar que hagan de uno lo que quieran (autocastigo moral)
Me preguntó, ¿Y no será que de pronto no eres tan culpable como crees, y que no haya ni buenos ni malos, vencedores y vencidos? Ahora que te dejó, hay que comenzar a vivir de otra manera. Retomar lo bueno que tenías olvidado y arrancar. Todos somos capaces de recuperarnos del fracaso afectivo. Al principio duele hasta el alma, pero al cabo de un tiempo, si eliminamos el autocastigo, la mente empieza a reponerse. Piensa en las pérdidas que has tenido anteriormente en tu vida, y cómo ahora, no te producen ni rasquiña. Es muy probable que dentro de un tiempo, esta última decepción, la que ahora estás padeciendo, quede reducida a un recuerdo insípido y descolorido. Y mientras tanto, te toca sobrevivir. Evitar caer en los puntos a, b, c y d. Rodearte de amigos y amigas de verdad, porque la amistad cura. También puedes acceder a la vida espiritual que tenías abandonada, y no me refiero a encerrarte en un templo, sino revisar tu sentido de vida. Las crisis activan la autobservación y nos obligan a mirarnos desde una óptica nueva. Siempre habrá alguien, testarudo y persistente, que nos quiera a pesar de todo. A esta hora, en algún lugar de la ciudad, hay una persona desconocida que aún no conoces, dispuesta a contagiarte de amor, que pronto entrará a tu vida. Es solo cuestión de tiempo.
Walter Riso

Pensamientos Walter Riso

"Cuando eros está enardecido, las diferencias de género desaparecen: no somos de Marte ni de Venus, si no terráqueos apasionados, descompuestos de amor, colmados de deseo."

"Hay que habitar la incertidumbre y eliminar la ilusión de control que pregona la cultura. Vivir la incertidumbre sanamente es aceptar el juego de lo imprevisible, de ser proceso y no estado. Es bajar la cabeza y guardarse el ego en el bolsillo".

"Aquellas relaciones afectivas que se construyen con bajas dosis de realismo no son de buen pronóstico. La creencia en un amor interpersonal eterno, que crece y escala montañas, no es objetiva y con seguridad dañina."

"Mucha gente no busca la aventura, la encuentra y sucumbe. No están preparados para enfrentarla porque nunca imaginaron que les podría pasar a ellos."

"Hacer el amor con el mejor o la mejor amiga; ésa es la esencia de un amante feliz."
"La vida no se ha hecho solo para trabajar. Se trabaja para vivir, no lo contrario. La búsqueda del placer es una condición del ser humano. Forma parte de ti como algo natural. No es algo malo y sucio, primitivo y sórdido. Ser hedonista no es promulgar la vagancia, la irresponsabilidad o los vicios que atenten contra tu salud. Es vivir intensamente y ejercer el derecho a sentirse bien. Sería inhumano contigo mismo negarte esta posibilidad".

jueves, 16 de octubre de 2008

El verdadero valor del anillo

—Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más? El maestro, sin mirarlo, le dijo:
—Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizás después... –y haciendo una pausa agregó— Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.
—E... encantado, maestro –titubeó el joven pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas.
—Bien –asintió el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño de la mano izquierda y dándoselo al muchacho, agregó –toma el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Vete antes y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.
El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer al anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo.
Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y sólo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un
anillo. En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro, y rechazó la oferta.
Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado –más de cien personas— y abatido por su fracaso, montó su caballo y regresó.
Cuánto hubiera deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro. Podría entonces habérsela entregado al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda.
Entró en la habitación.
—Maestro –dijo— lo siento, no es posible conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
—Qué importante lo que dijiste, joven amigo –contestó
sonriente el maestro—. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él, para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto te da por él. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo. El joven volvió a cabalgar.
El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo:
—Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.
¡¿58 monedas?! –exclamó el joven.
—Sí –replicó el joyero— Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé... Si la venta es urgente...
El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle
lo sucedido.
—Siéntate –dijo el maestro después de escucharlo—. Tú eres como este anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?
Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño de su mano izquierda.
Jorge Bucay

miércoles, 15 de octubre de 2008

La libertades de la autoestima

  • Me concedo a mi mismo el permiso de estar y de ser quien soy en lugar de creer que debo esperar que otro determine donde debería estar o como debería ser.
  • Me concedo a mi mismo el permiso de sentir lo que siento en vez de sentir lo que otros sentirian en mi lugar.
  • Me concedo a mi mismo el permiso de pensar lo que pienso y también el derecho de decirlo si quiero o de callármelo si es que así me conviene.
  • Me concedo a mi mismo el permiso de correr los riesgos que yo decida correr con la única condición de aceptar pagar yo mismo los precios de esos riegos.
  • Me concedo a mi mismo el permiso de buscar lo que yo creo que necesito del mundo en lugar de esperar que alguien más me de el permiso para obtenerlo.

Jorge Bucay